lunes, 25 de abril de 2011

Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

Siempre me acuerdo con el Evangelio de hoy del chiste que desde hace lustros oigo contar: Llega un contemporáneo a las puertas del cielo y le abre San Pedro sosteniendo en la mano derecha una Biblia y en la izquierda un billete de 200 euros. San Pedro con su resplandeciente sonrisa, y estirando hacia el posible inquilino celestial su mano derecha todo lo que puede, y consciente de que le está realizando su última prueba de libertad y amor a Dios, le dice: ¡Bienvenido!, elija una de las dos manos. Y el contemporáneo le responde: Escojo la Biblia que es la que me ha dado sentido eterno a lo largo de mi vida, y titubeando continúa sus palabras, y si me lo permite, el billete de 200, que tampoco me ha venido mal en la tierra, pero sólo para utilizarlo como separador.


Me veo identificada con el contemporáneo, y es que si algo es difícil en nuestro tiempo es dejar de ser contemporáneo, o séase, materialista, vivir en el nada es para siempre. Y no lo entiendan mal, no es que esté prohibido tener una casa, un coche, ropitas, libros, irse de vacaciones, disfrutar de los amigos... No. De hecho, "someteréis la tierra", ya les había sido revelado a los antiguos profetas, así lo narra el Génesis. Pero someteremos la tierra para la mayor gloria de Dios, no para nosotros mismos.


Es por tanto muy difícil dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. En primer lugar, porque hay que saber que Dios existe. Y si existe, quién es ese Dios. Bien lo decía De Prada en uno de sus artículos de "El Semanal" hace unas semanas: "También es cierto que para que haya entrega a una causa tenemos primeramente que amarla, y sólo se aman aquellas cosas que se conocen, y sólo se conoce aquello en lo que podemos adentrarnos con una conciencia de duración y profundidad." Aquí está el error de nuestra era. Parece que sólo podemos conocer lo que podemos tocar, ver, oler..., el mundo de los sentidos. Por ello a no ser que no obtengamos un beneficio material e inminente, no realizamos cualquier acción que conlleve sacrificio, trabajo, esfuerzo, compromiso, adherencia. No tendría importancia si esta carencia no aplicara a cosas tan sencillas pero importantes como la familia (núcleo de la sociedad), el trabajo (clave para el desarrollo de un país), la convivencia normal. Y por consecuencia de ello, lógicamente, al cielo y a la divinidad.


Ardua tarea la de vincularse lealmente a las cosas -a las pocas cosas- que ahondan y elevan nuestra vida. Esta consiste en vivir con los pies pegados al suelo y la mirada clavada en el cielo.


Si el César (véase Zapatero en este caso) sigue el principio materialista y no el del bien común, apaga y vámonos! Adiós a la conciencia recta, al alma limpia, y al bien por el bien. Lo más duro de todo esto, es que debemos (o deberán) recapitular y hacer examen de conciencia, puesto que si El César está gobernando es porque el pueblo lo ha elegido.

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